Mi sistema escribe solo desde agosto: los cuadernos del taller y de la fábrica se redactan los domingos sin que yo esté, y los capítulos del libro salen de entrevistas que dirijo yo. Escribir dejó de ser el problema hace tiempo.
El jueves 3 de septiembre la lista de borradores esperando mi visto bueno estaba en catorce piezas, y doce llevaban más de una semana. En el libro no se publicaba nada desde el 19 de agosto.
La lista entera estaba a un clic en el panel de borradores, así que en teoría no había excusa. En la práctica ese clic no lo daba nunca, pues un enlace a catorce cosas no se abre: se pospone.
Había otra fuga escondida detrás. Mis notas sobre los borradores (las apunto desde el móvil, tocando el párrafo que quiero ajustar) caían en un buzón que yo no veía moverse. No sabía si un ajuste mío se había aplicado, salvo que volviera a abrir el borrador a comprobarlo.
El arreglo no fue pedirme disciplina. Fue cambiar el tamaño de lo que me llega: cada noche a las 21:30 me entra por Telegram una sola pieza, la que más tiempo lleva esperando, con dos enlaces para leerla y publicarla de un toque.
Tres reglas para que no canse. La misma pieza no repite hasta pasados siete días. Una pieza con notas mías sin aplicar no se ofrece para publicar, pues yo ya dije qué había que cambiar. Y si no queda ninguna elegible, esa noche no hay mensaje.
Las notas además ahora contestan: cuando un ajuste mío se aplica me llega el texto de mi propia nota con el enlace al borrador reescrito.
Lo que pasó en dos noches
La primera noche el mensaje ofrecía una pieza del taller. Esa sigue esperando. Pero esa misma noche quise publicar el capítulo 4 y el botón murió sin decir nada: la sesión de la puerta del panel había caducado y el fallo se quedaba en un error ilegible.
Una puerta que nadie cruza tampoco avisa de que está rota: en dos semanas sin publicar, nadie la había pisado. De esa intentona salió el arreglo (publicar es ahora una navegación normal que aguanta la puerta caducada) y el capítulo quedó fuera antes de medianoche.
La segunda noche tocaba el capítulo 3. El mensaje lo nombró a las nueve y media, a las 22:37 estaba publicado, y ya lanzado seguí: dos piezas del taller y el capítulo 5 antes de medianoche.
En dos noches salieron cinco piezas. Veníamos de dos semanas a cero.
Lo que cambia a partir de hoy
Lo pendiente de mi decisión ya no me espera en una lista: me busca, de una en una y a una hora en que puedo mirarla. El cuello de botella era mi atención, y a la atención no se le piden catorce cosas, se le pide una.
La cola, eso sí, no ha bajado: sigue en catorce, pues la fábrica escribió otras tantas esa misma semana. Lo que cambió es que antes solo crecía y ahora también se vacía.
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