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Matar al mono
Folio
03
Acto
III
Periodo
2025

Volver a crear (y el espejismo del negocio)

Acto III · 2025 · la agencia · el primer cliente

El 8 de abril de 2025, a las 14:39, escribí esto:

Propon nombres para una agencia AIMA que quiero crear. He pensado en AiMAMA pero no quiero caer en graciosillo.

Seis minutos después ya estaba pidiendo el logo y una propuesta de valores de empresa.

No tenía ni un cliente. No había vendido nada ni entregado nada, así que tampoco sabía todavía si aquello iba a ser una empresa, un apaño de fines de semana o un capricho caro.

Pero el nombre lo tenía a las 14:39 y el logo a las 14:45. Y el nombre que acabó quedándose, dos años después, fue el que aquella tarde descarté por graciosillo.

La primavera de las ocho ideas

El capítulo anterior terminaba con un año y medio de silencio y un fin de semana mirando una puerta. Esta parte empieza justo donde aquello no salió.

Lo que hice en marzo y abril de 2025 está en el archivo y no lo puedo maquillar: una propuesta de web para una marca de aceite, proveedores de productos personalizados, libros infantiles bajo demanda, cuentos generados, un flujo para emitir facturas solo, un asistente fiscal, herramientas de IA para asesores financieros, la automatización de una tienda de Etsy.

Ocho cosas distintas en ocho semanas. Ninguna terminada.

Un desconocido lo escribió mejor que yo en un foro, hablando de otra gente: «they built-it, made a singular post to their 12 followers on Twitter/Instragram/whatever, and nobody came». Lo construyeron, publicaron una vez para sus doce seguidores, y no vino nadie.

Yo ni siquiera llegaba a publicar.

El dosier más bonito que he hecho nunca

En mayo apunté por fin a algo serio, y no se me ocurrió a mí solo. Un amigo lleva una agencia de comunicación y habíamos hecho un reparto que sobre el papel era perfecto: él sabe vender, yo sé montar la herramienta. Íbamos a ir juntos a una multinacional del bunkering, una empresa del puerto donde los dos teníamos buenos contactos. Mi parte era el dosier.

Mi propio sector, gente que hablaba mi idioma, procesos que yo conocía por dentro. Y me volqué.

El 8 de mayo, a las 18:17, pedí esta imagen:

Genera la imagen de un bot con los auriculares de comunicación sentado al ordenador junto a un trader. La imagen de evocar a que el bot es uno mas de la oficina.

Luego los colores corporativos del cliente en la cabecera. Luego una portada. Luego el enfoque, que tenía razón y sigo pensando lo mismo: que un agente es un compañero más, que se lleva las tareas repetitivas para que las personas decidan.

Después vinieron los indicadores para medir el piloto, una guía paso a paso del proyecto entero, un guion para la primera reunión y una comparativa de herramientas por si el cliente no quería salirse de Microsoft.

Estuve en ello hasta la una y media de la madrugada.

Y a las 00:56 de esa misma noche, en medio de todo aquello, escribí la pregunta que me retrata:

Que quiere decir Versión demo disponible bajo NDA

Estaba puliendo un documento que contenía una frase cuyo significado no conocía.

No lo cuento para hacerme el gracioso. Lo cuento porque es exactamente lo que era ese año: por fuera, un dosier impecable con su imagen, sus indicadores y su calendario. Por debajo, un tipo aprendiendo el vocabulario del oficio a la vez que lo ejercía.

De aquella propuesta no salió ningún contrato. No salió nada, en realidad: se la pasé a mi amigo para que la leyera y creo que no llegó a leerla nunca. Nunca se entregó a nadie. Después lo intenté por mi cuenta, con mis propios contactos, y ahí sigue: están medianamente abiertos, pero es de esas cosas que hay que meter con calzador e insistir. Y yo no insistí, por un motivo que cuento un poco más abajo.

Salió otra cosa, eso sí, que tardé un año en saber valorar.

Cuatro días después, lo que sí salió

El 12 de mayo, a las 23:00, empecé otra cosa. Y esta entró por la misma puerta: la agencia se había llevado un proyecto y no tenía a quién ponérselo, porque no tenían al especialista. El especialista era yo, aunque todavía no lo fuera. Dije que sí antes de saber si sabría hacerlo.

Esa noche monté el objetivo del proyecto, un análisis de por qué podría fracasar antes de empezarlo, el desglose del trabajo, un calendario, el mapa de quién decide qué, y los correos de presentación uno por uno según a quién iban.

Era para una entidad pública de Canarias. Y ese sí llegó a alguna parte: acabó siendo un chatbot entregado y funcionando, el primer cliente de verdad que he tenido.

La diferencia entre las dos cosas no fue el esfuerzo, pues le eché el mismo. La diferencia fue que al otro lado había alguien esperando algo concreto.

Y ese proyecto no es el final de este capítulo: es el capítulo siguiente. Todo lo que sé hacer hoy salió de ahí. Aquí solo dejo dicho que empezó una noche de mayo, cuatro días después del dosier que no fue a ninguna parte.

Las tres cosas que no salen en ningún plan de negocio

Cuando cuento este año en corto, suena a que me faltó ambición o que me distraje. Es más simple y más incómodo: había tres cosas en contra, y ninguna de las tres se arregla con otro dosier.

La primera es que cobro a fin de mes. Tengo un puesto fijo, bien pagado, en una multinacional, desde 2018. Eso paga el colegio de tres niños y la hipoteca, y quita del medio la única cosa que obliga a terminar: la necesidad. Nadie cierra una venta a las once y media de la noche cuando el recibo del mes ya está cubierto. Se puede querer, y yo quería. Pero querer y necesitar no aprietan igual.

La segunda es que, literalmente, no podía cobrar. El 19 de mayo, por la mañana, escribí una pregunta que no era de IA ni de proyectos:

como puedo facturar servicios a un tercero sin ser autonomo y trabajando por cuenta ajena?

Veinte minutos después estaba comparando ser autónomo con montar una sociedad, y Cataluña con Canarias. Tenía dosieres, indicadores, calendarios, un logo y un nombre de empresa. No tenía la forma de emitir una factura.

Y no es un trámite que se despacha en una tarde. Al volver a España después de cinco años fiscales fuera entré en el régimen especial que se aplica a quien vuelve, y darme de alta como autónomo significaba renunciar a él. La cuenta salía sola y era desagradable: para poder cobrar unos miles de euros tenía que soltar una ventaja fiscal que vale bastante más, justo el año en que además tenía una mudanza a otro país por delante.

Acepté los encargos igual, antes de saber si podría cobrarlos. Y no los he cobrado: más de un año después no he visto un céntimo de ninguno de los dos. Tampoco he insistido mucho, porque no tenía cómo emitir la factura ni con qué respaldarla. Cuando me dé de alta al otro lado, iré a reclamar lo que se me debe.

La tercera es que no sé vender, y encima no me gusta. Sé montar la herramienta y sé explicarla. Lo que no sé es levantar el teléfono para llamar a un desconocido, ni poner precio a lo mío sin encogerme. El 20 de mayo, discutiendo una propuesta con una agencia con la que iba a colaborar, escribí: «El precio de 10500 es desproporcionado», y lo comparé con otra propuesta mía que rondaba los 3.600. Alguien lo dijo así en un foro y no hay forma de mejorarlo: «Almost everyone comes in way too low when they’re starting out». Casi todo el mundo empieza cobrando muy por debajo.

En mi caso no era solo cobrar poco. Era no saber qué valía lo que hacía, porque todavía no lo había hecho entero ni una vez.

Y hay una prueba que no admite discusión: lo único que he llegado a entregar en mi vida me lo pasó un amigo. Ni un solo encargo ha entrado por una puerta que abriera yo.

Con esas tres cosas encima, lo raro no es que no montara una empresa. Lo raro es lo que sí hice.

Los cuarenta y siete minutos del 2 de agosto

Esta es la parte que no me gusta contar, y por eso va entera.

La idea no salía de la nada. Por entonces coordinaba un encargo para un cliente de Dubái cuyo desarrollo estaban haciendo dos freelancers que contraté en una de esas webs donde se paga por encargo. Yo hablaba con el cliente, ellos escribían el código. El 14 de julio lo dejé escrito así: «el desarrollo ya ha acabado y finalmente ha sido ejecutado por un freelance». Funcionaba.

Así que la pregunta de aquella noche era, en su cabeza, razonable. El 2 de agosto de 2025, a las 22:20, describí un modelo de negocio: montar una agencia de automatizaciones, captar clientes cerca de casa, y ejecutar los proyectos con freelancers contratados en internet. Yo sería el que habla con el cliente y con los freelancers. Y añadí esto:

El cliente en principio no sabrá que estoy trabajando asi. Ves viable la idea?

Cuarenta y siete minutos después escribí lo contrario:

Y que hay si digo abiertamente que ejecutó los proyectos con freelancers y yo soy algo parecido a un consultor? En este caso yo asumiría la responsabilidad del proyecto

Y ocho minutos más tarde: «Me va gustando este planteamiento de consultor/asesor que entiende al cliente y su necesidad».

Nadie me hizo cambiar de opinión. No hubo una conversación con nadie ni una regla que me lo impidiera: lo cambié yo solo, escribiéndolo, al ver la frase puesta en negro sobre blanco.

Me quedo con dos cosas de esa noche. La primera es que la tentación existió, y quien diga que a él no se le ocurrió, miente o no lo ha intentado. La segunda es más útil: escribir las cosas es lo que me las hace ver. Todo lo que he construido después se apoya en eso.

Hay un tercer detalle que solo se ve desde aquí. Aquello se me ocurrió cuando todavía no sabía construir. Hoy no lo haría ni de broma, y no por escrúpulos: lo haría yo solo, porque puedo. La tentación de esconder quién hace el trabajo se apaga sola en cuanto sabes hacerlo tú.

Quince a la vez

El 15 de agosto, a las 23:45, escribí la frase que mejor resume el espejismo:

Quiero lanzar 12 o 15 a la vez

Eran productos pequeños para autónomos y pymes. Seis minutos después preguntaba cuánto costaría encargar el desarrollo fuera.

Quince productos a la vez son cero productos. Lo sé ahora y creo que lo sabía entonces.

Ese fue mi monkeywork de 2025, y esta vez me lo puse yo solo: fabricar el atrezo de una empresa —nombres, logos, avatares, dosieres, planes, indicadores— en vez de terminar una cosa y cobrarla. Cuando no hay nadie esperando, el trabajo se estira hasta llenar la noche entera.

Lo que de verdad estaba pasando

Todo lo anterior es cierto y no cambia. Pero si me quedo ahí, cuento mal el año.

En 2025 escribí a máquinas 694 conversaciones. Doscientas cuarenta y cuatro en ChatGPT y cuatrocientas cincuenta en Claude, al que me pasé el 13 de mayo y por el que pagaba una suscripción mensual desde entonces. Sumando las dos, más de diez mil mensajes míos y por encima de trescientas veinticinco mil palabras. Escritas por mí, a mano, casi todas de noche.

Trescientas veinticinco mil palabras son cuatro libros. En un año, después de trabajar.

Y hay una curva dentro de esos números que lo explica todo. En ChatGPT, mayo fue mi mes más alto con ochenta y seis conversaciones, y a partir de ahí baja mes a mes hasta las tres de diciembre. En Claude pasa lo contrario: empieza en mayo y en julio ya son ochenta y cinco. No cambié de herramienta por moda. Cambié porque lo que pedía había cambiado. En marzo pedía documentos. En noviembre pedía que algo funcionara en un servidor.

Por el camino pagué suscripciones de más de media docena de plataformas que hoy no uso: constructores de webs (Elementor, Webflow, Weglot), gestores de reservas para un montaje de alojamientos (Tokeet, Beds24, Amenitiz), montadores de flujos (n8n, Flowise), un par de cosas para hacer aplicaciones sin escribir código (Lovable, Suna), y sueltas por el camino Airtable, FeedHive y Scribe. No lo llamo dinero tirado, aunque unas cuantas lo fueran. Cada una me enseñó dónde está el techo de las herramientas que prometen hacerlo por ti, que es exactamente lo que necesitaba saber antes de ponerme a construir en serio.

Y por debajo, sin ruido, pasaban tres cosas que entonces no parecían importantes. El 17 de junio le pedí que me analizara los vídeos de Casey Meehan, del canal Blazing Zebra, que hablaba de trabajar con IA de una forma que no había visto antes. El 31 de julio, mis preguntas ya no iban de dosieres: iban de cómo heredar el contexto de una conversación a la siguiente. Y el 8 de septiembre le pasé a la máquina el enlace de una sesión de trabajo con estas palabras:

Comparto enlace a la sesión de Claude de hoy para que veas lo que para mí ha sido una sesión productiva y eficiente

Eso es alguien que ha encontrado una forma de trabajar y quiere repetirla.

Sesenta y siete líneas

Hay una parte del año que no está en ninguna conversación de ChatGPT ni de Claude, porque no pasó en un chat. Pasó dentro de un editor de código, y hasta hace dos días la daba por perdida.

Empecé con la extensión de Claude dentro de VS Code y seguí con Cursor. Por el camino pagué el curso de Blazing Zebra —el canal de Casey Meehan que había empezado a ver en junio—, donde por fin alguien explicaba técnicas y no trucos, y para investigar usaba otras dos: Perplexity y NotebookLM.

Ninguna de las cuatro me enseñó a programar. Me enseñaron a encargar.

Lo aprendí haciéndolo, de noche. De los ochocientos ochenta y un mensajes que escribí ahí dentro, uno de cada tres cae entre las diez de la noche y las siete de la mañana.

Ese es el precio real del año y no aparece en ningún balance.

Y hay un número que lo resume mejor que cualquier cosa que pueda contar yo: el editor lleva la cuenta de las líneas de código que te propone.

En veintiún días de trabajo entre noviembre y diciembre, el autocompletado me propuso sesenta y siete líneas. El agente me propuso ciento noventa y seis mil seiscientas cuarenta y dos, y acepté ciento trece mil seiscientas treinta y dos.

No escribí ese código. No escribí ninguno. Ni una línea, ni pulsando una tecla para terminar otra.

Lo que sí hice fue decir que no. De cada diez líneas que me propuso, rechacé cuatro. Eso es lo único que separa lo que hacía yo de darle a aceptar hasta que la pantalla deje de quejarse, y es también lo que me salvó: el criterio para saber qué no vale no me lo dio ninguna herramienta, me lo dieron los veinte años anteriores mirando hojas de cálculo que mentían.

El día que dejé de pedir código

A finales de noviembre pasó algo que entonces no vi. Mis mensajes dejaron de pedir cosas y empezaron a repartir trabajo.

El 24 de noviembre escribí esto:

quiero que me prepares los prompts para darle a cada agente una vez finalice el módulo A. Recuerda asignar a cada agente una especialización

Al día siguiente, esto:

eres el project manager del proyecto. Analiza el estado actual y propón siguientes pasos de implementación a tu equipo de agentes desarrolladores

Y dos días después mandé dos encargos separados a la vez, uno para cada mitad del trabajo, cada uno con su especialista. Mientras tanto tenía un segundo agente revisando lo que escribía el primero, y cuando los dos no se ponían de acuerdo, el que arbitraba era yo:

el agente revisor ha encontrado un error y al sugerir arreglarlo me pregunta esto el agente. Analiza las respuestas y sugiere una contestación

Eso no es pedirle cosas a una máquina. Es una cuadrilla pequeña, con un capataz y un inspector, y yo de jefe de obra. Lo estaba haciendo en noviembre de 2025 y no le puse nombre hasta mucho después.

También aprendí a pedir opciones en vez de respuestas. Cuando no me gustaba una pantalla no discutía: pedía tres versiones distintas y elegía.

Lo escribí así: quiero que me muestres al menos tres variantes más, y sobre todo guíame en cómo compararlas. Comparar era el trabajo; elegir era mío.

Y hay que decir la otra mitad, que es la que me faltaba por aprender: toda la fontanería seguía siendo mía.

Yo movía las carpetas, yo arrancaba el servidor a mano, yo lo reiniciaba cuando se colgaba, yo pegaba las contraseñas en el chat para que aquello pudiera guardar el trabajo. La cuadrilla construía sola; el que iba a por las herramientas era yo.

Tardé cuatro meses más en darme cuenta de que ese también era trabajo de mono.

Lo que aprendí

Que sé montar el aparato de una empresa en una tarde, y que eso no es una empresa.

Que lo único que salió adelante en todo el año fue lo que tenía a alguien esperando al otro lado, y que todo lo demás —los quince productos, la agencia, el dosier precioso— eran maneras cómodas de no llegar a ese momento.

Que la parte que se me da bien, construir, es también donde me escondo de la parte que no. Y que eso no se arregla con fuerza de voluntad cuando además cobras a fin de mes, no puedes facturar y te da apuro poner precio.

Que se puede cerrar un año entero de trabajo con cero euros ingresados y que aun así no sea un año perdido. Pero hay que decir las dos mitades de esa frase, no solo la que queda bien.

Que en paralelo, en el trabajo de verdad, estaba echando horas en la herramienta de flujos de la empresa y acabé conectando con el equipo interno que automatiza procesos, a pesar de trabajar a seiscientos kilómetros de ellos. Nadie me lo pidió. Y ese fue el año en que supe que mi camino profesional, dentro o fuera de allí, iba a ir de la mano de esto.

Pero sobre todo, y esto me costó un año verlo: 2025 no fue el año en que no monté una empresa. Fue el año en que aprendí a trabajar con estas máquinas. No viendo tutoriales: haciéndolo. Los dosieres que no vendieron nada, los planes que no ejecutó nadie, las ocho ideas de la primavera y las plataformas que pagué y abandoné fueron el temario. Caro, desordenado y sin profesor, pero temario.

En el capítulo anterior el error fue no compartir la herramienta. Aquí fue el contrario y más caro: compartir la promesa de la herramienta antes de tenerla.

Lo que me sacó de ahí no fue una idea mejor. Fue un encargo pequeño de una entidad pública canaria, con una fecha y con alguien esperando al otro lado del correo. Ahí aprendí de verdad, y de eso va el capítulo siguiente.

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